Divorcio con hijos: Las consecuencias del divorcio en los hijos por edades

La separación de un matrimonio es siempre una experiencia dolorosa para todos los miembros de la familia. Y lo es de forma más intensa para los hijos, que no cuentan con los mismos recursos cognitivos y emocionales que los adultos para explicarse y superar tan dolorosa realidad.

A menudo se llega a ella tras meses o incluso años de discusiones, grandes tensiones, decepciones, miedos… de los que el niño ha sido testigo y víctima.

Independientemente de la edad del niño y del tipo de relación que mantuviera la pareja, el divorcio de los padres afecta de forma muy negativa a los hijos. La desintegración de su unidad familiar les preocupa, el mundo en el que vivían se rompe y pasan a otro escenario donde ya no se sienten seguros y que desconocen.

Frecuentemente los hijos se acaban convirtiendo en mayor o menor medida en campo de batalla y moneda de cambio, normalmente por deseos de venganza y sentimientos de rencor y odio. Muchas de las decisiones que se van tomando en el día a día están guiadas por estos sentimientos sin que muchas veces los padres lleguen a ser conscientes de ello, pero no por ello exentes de responsabilidad. Y los hijos son víctimas inocentes de esto, llegando a situaciones de sufrimiento intenso que puede desembocar en trastornos psicológicos graves.

Por todo ello es bueno tener en cuenta algunas pautas que pueden ayudar a que los hijos vivan la separación de sus padres de la forma menos traumática posible y se minimicen los inevitables daños.

Escuela de padres - Colegio Punta Galea

Cómo afecta el divorcio a los niños psicológicamente

Cada niño reacciona de una manera diferente pues no existe un mismo patrón para la reacción de los niños dependiendo únicamente de la edad. Hay niños de nueve años que responden de forma más madura ante esta situación que algunos adolescentes. En cambio, es general la sensación de desconcierto al enterarse, porque están acostumbrados a ver a sus padres siempre juntos y se niegan a admitir que esta situación cambie.

Cuanto más pequeño es el niño, más dificultad tiene para entender lo que está pasando en su casa. Ante la separación de sus padres, muchos niños cambian su comportamiento, se muestran rebeldes y se deprimen. Esta situación puede verse reflejada de forma negativa en la escuela, en su contacto con el resto de la familia, y en su convivencia social.

Los niños mayores puede que intenten buscar otras salidas no adecuadas ni beneficiosas para sus conflictos.

En el embarazo
Si la separación tiene lugar durante el embarazo, es probable que el niño se vea afectado por el estado de ánimo de su madre y, por lo tanto, pueda nacer con poco peso. Cuando el bebé tiene pocos meses, el estado de ánimo de la madre también será de una gran influencia para él y puede que se vea afectado por un retraso en el desarrollo cognitivo o emocional.

Hijos de entre 1 y 3 años
Los niños menores de 3 años suelen mostrarse más irritables y miedosos. Es posible que recurran al llanto con facilidad y que sufran regresiones en su desarrollo, es decir, que vuelvan a algunas pautas de conducta ya superadas como hacerse pipí en la cama o volver a hablar como cuando eran más pequeños. También es probable que el niño se vuelva tímido, requiera mucha más atención y tenga pesadillas nocturnas.

Hijos de entre 3 a 6 años
El niño es probable que piense que es por su culpa, y reaccione de formas opuestas: o se vuelve muy obediente (pensando que si es bueno el padre volverá) o también mucho más agresivo o rebelde de lo que su carácter haría esperar. A esta edad, es frecuente que manifiesten miedo a ser abandonados; algunos sufren el llamado trastorno de ansiedad por separación, que se manifiesta con síntomas de retraimiento, disminución de la concentración o, incluso, con negación de asistencia al colegio.

Los niños de 5 años, a parte del temor a ser abandonados, que pueden manifestar junto con una profunda sensación de pérdida y de tristeza, sienten que deben decidir entre sus padres. Viven la situación con sentimientos de rechazo y decepción por el abandono.

Su rendimiento escolar tiende a disminuir. En algunos casos, si no saben expresar lo que sienten, convierten su tristeza en cierta agresividad. Pueden sufrir trastornos del sueño, de alimentación y adoptar conductas regresivas.

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Hijos de entre 6 y 9 años
Aparecen sentimientos de rechazo, fantasías de reconciliación y problemas de lealtad. Es posible que los niños experimenten rabia, tristeza y nostalgia por el progenitor que se ha ido. Cuando los cónyuges han tenido conflictos graves, los hijos pueden vivir una lucha de afectos por sus padres. Otras veces, se les descuida en el aspecto material, obligándolos a que preparen la comida, vigilen a los hermanos menores y asuman responsabilidades demasiado pesadas para su edad.

Hijos de entre 9 y 12 años
Los hijos suelen manifestar sentimientos de vergüenza por el comportamiento de sus padres, incluso cólera o rabia hacia aquel que tomó la decisión de separarse. Un comportamiento muy típico es el de reprochar a sus padres no haber resuelto sus problemas matrimoniales. Además, aparecen los intentos de reconciliar a sus padres y problemas psicosomáticos (dolores de cabeza, estómago…).

Adolescentes con padres divorciados
Su autoestima se ve afectada y pueden llegar a desarrollar hábitos propios de edades superiores como fumar, beber o tener una mayor independencia. De los 13 a los 18 años, la separación de los padres causará problemas éticos, y provocará, por lo tanto, fuertes conflictos entre la necesidad de amar al padre y a la madre, y la desaprobación de su conducta.

Generalmente, las reacciones más comunes en esta etapa son: por un lado, una madurez acelerada, es decir, el adolescente adopta el papel del progenitor ausente, aceptando sus responsabilidades; y por el otro, una conducta antisocial: no acata ni acepta las normas, desobedece, consume alcohol, drogas…

En todos los casos y edades descritos es importante no alarmarse por estas conductas, añadiendo una carga extra de angustia y culpabilidad al niño. Tampoco sobreprotegerlas o reforzarlas. Se trata de ayudar al niño a superarlas poco a poco, con comprensión, paciencia y firmeza.

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